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La casita de Montevens, el cuento inacabado

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Montevens era un pueblo muy bonito lleno de casitas que hacían que resultase tremendamente agradable pasear entre sus calles y pasar el tiempo en sus cercanías. Entre todas aquellas casitas, había una que llevaba abandonada un tiempo y que siempre había pasado desapercibida para Pablo. Que él supiese, solo había sido ocupada por un par de huéspedes que hicieron noche allí de escala hacia otro lugar, eso y nada más.

Pero poco a poco la casita fue despertando el interés de Pablo, hasta tal punto que se planteó comprarla. Al hablar con el dueño, comprendió que debido a su precio estaba fuera de su alcance, pero viendo su interés, éste le ofreció alquilarla por un módico precio con dos condiciones, nadie podría saber de su acuerdo, nadie podría saber de ese alquiler; además, el dueño dejaba abierta la posibilidad de que alguien la comprase en cualquier momento. Pablo lo pensó, no sabemos si fríamente o no, y finalmente aceptó.

Conforme pasaban los días Pablo le fue cogiendo cariño a la casita. En secreto, cuando nadie observaba, se iba allí y pasaba noches enteras en su interior, donde el tiempo volaba. Leía, escribía, pensaba y, por supuesto, también dormía cuando estaba cansado. Cuando estaba allí se sentía muy seguro, sentía fluir en su interior ese calor que tanto había necesitado desde hacía mucho mucho tiempo.

Pero no todo era de color de rosa, no todo eran cuentos de hadas para Pablo. Dos eran las inquietudes que no le dejaban estar completamente tranquilo.

En primer lugar, los rumores de que varios compradores estaban interesados en adquirir la casa, lo que dejaría a Pablo, quién seguía sin poder comprarla, sin ella; una lástima con todo el aprecio que le estaba cogiendo y lo ligado que se empezaba a sentir a ella. También el rumor de que el antiguo dueño estaba planteándose detener el alquiler y habitarla el mismo para tratar de recuperar todos los momentos felices que allí había vivido era un contra que añadir a la lista.

En segundo lugar, el silencio. Pablo no había podido contar a sus amigos y conocidos que había alquilado la casita y estos seguían pensando que estaba abandonada. Más de una vez, cuando paseaban de noche cerca de ella alguno sugería forzar la puerta y entrar a ver que había dentro de aquella casa inhabitada. Pablo siempre conseguía disuadirlos con variopintas estratagemas, pero no estaba seguro de poder seguir haciéndolo mucho tiempo, al menos no sin que sospechasen que algo raro ocurría y descubrieran lo que estaba pasando. Aún así, Pablo no lograba evitar todos los perjuicios, pues muchas veces sus acompañantes tiraban basura en el jardín de su casita e incluso realizaban otras acciones de dudosa moralidad.

Por todo esto, Pablo no podía vivir del todo en paz, cada día necesitaba más esfuerzo para afrontar los inconvenientes que surgían. Todas las cosas que había estado evitando desde hacía tiempo para ser un espíritu libre, todos esos temores, todas esas inseguridades, estaban volviendo a florecer. Pensaba más de la cuenta en el tema, evaluaba demasiado los pros y los contras, tanto que a veces era incapaz de simplemente dejar la mente en blanco y disfrutar del momento.

Y ahora Pablo no sabe qué hacer, por eso este es un cuento inacabado, porque solo el tiempo puede escribir su final. No sabemos si será feliz o triste, si alguien resultará dañado de una forma u otra o si todos saldrán ilesos y contentos del enredo, en este momento no sabemos absolutamente nada. Él quiere decidir, por supuesto, lo que cree que es mejor para sí mismo, pero como hemos visto no todo está de su parte, Pablo no tiene el poder sobre todas las variables, no puede controlarlo todo a su antojo, por el momento solo puede esperar.

Sergio Ferrer

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